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Dioses prehispánicos: Tláloc, el poderoso dios de la lluvia

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Al morir, las almas llegaban a un sitio fértil, colmado de verdor. Era un mundo subacuático en el que la comida crecía en abundancia, había los árboles frutales de todas clases y fértiles cosechas de maíz. La vida allí era eternamente feliz.

Un paraíso en el que reina Tláloc, el dios azteca de la lluvia. A sus territorios solo podrían entrar las almas de las personas que fallecían por causas relacionadas al agua como: inundaciones, enfermedades como la hidropesía, aquellos que eran alcanzados por rayos durante una tormenta e incluso a los hombres que en vida padecieron de lepra.

Tláloc fue una de las divinidades más veneradas de Mesoamérica. Su nombre significa “el néctar de la tierra” tlālli («tierra») y octli («néctar»). En la época prehispánica se le consideraba el responsable de la estación lluviosa, algunos misioneros e historiadores lo describen como el dios del rayo, la lluvia y los terremotos. Sus armas más importantes eran el granizo, los truenos y el agua.

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Esta deidad mexica era representada con el rostro cubierto por la máscara sagrada. La única parte que se dejaba ver de su cara eran sus ojos azules. Sus piernas y sus brazos estaban desnudos y únicamente colgaban brazaletes de oro en sus pantorrillas y cactli azules. Tenía una larga cabellera y una diadema de oro adornada con plumas blancas, verdes y rojas. En su cuello colgaba un collar de cuentas de jade.

En la mano izquierda se le colocaba un escudo azul en el que se abren los cuatro pétalos de una hermosa flor roja. En su mano derecha estaban los símbolos del granizo y del rayo en oro. Tenía anteojeras formadas por serpientes que se entrelazaban y cuyos colmillos acababan siendo las fauces de Tláloc.

Su labio superior era el símbolo de la entrada en la cueva que comunica el inframundo según las representaciones olmecas del dios. Su cara era pintada de color negro, azul o mayoritariamente de color verde que imitaba los visos que hace el agua.

Tláloc tenía a ayudantes llamados Tlaloques que vivían con él en el Tlalocan, situado en la región oriental del Universo. Estas criaturas se situaban en las cuatro esquinas del mundo en donde sostenían jarros con diferentes tipos de lluvia: las que brindaban prósperas cosechas, las que las malograban, las que generaban heladas y las que producían tormentas. Cuando los sirvientes de la deidad de la lluvia golpeaban sus recipientes se generaban los truenos y cuando las rompían se suscitaban impactantes rayos.

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Rituales y otras fiestas en honor a Tláloc

Los rituales a los dioses eran el pan de cada día de las civilizaciones prehispánicas y para Tláloc se celebraban varios ritos al año.

Atlcahualo del 12 de febrero al 3 de marzo. Esta veintena implicaba el sacrificio de siete niños en la cima de las montañas sagradas. Los pequeños eran esclavos o hijos segundos de los nobles. El ritual consistía en que los pequeños eran bellamente adornados con el estilo de Tláloc o de los Tlaloques. Las camillas donde transportaban a los niños eran regadas con flores y plumas, y una vez en los santuarios los sacerdotes arrancaban sus corazones.

Tozoztontli del 24 de marzo al 12 de abril. Este festival también implicaba el sacrificio de niños.

Atemoztli del 9 de diciembre al 28 de diciembre. La veintena de invierno era dedicada a los Tlaloques. Para conmemorarlo se realizaban estatuas del dios con masa de amaranto decorado con semillas de calabaza y frijoles. A estas figurillas se les ofrecían esencias finas, copal y comida.

Una vez que terminaba la ofrenda, los pechos de masa eran abiertos y sus “corazones” eran sacados, sus cuerpos cortados y comidos. Los elementos decorativos que se le habían colocado a la figurilla se quemaban en el patio de las personas.

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Tláloc, Chaac y Pitao Cocijo son el mismo dios

Se cree que Tláloc es una deidad Teotihuacana. Y su culto traspasó fronteras cuando los teotihuacanos expandieron sus conocimientos con otras civilizaciones. La cultura maya lo conocía como Chaac y los zapotecos le llamaban Pitao Cocijo.

Dato curioso…

Cuando los mexicas se apropian del culto de Tláloc y se asentaron en el Lago de Texcoco su adoración por la deidad se extendió por la zona. En el siglo XX, fue localizada una escultura de grandes proporciones en San Miguel Coatlinchán (del náhuatl cóatl, serpiente; in, prefijo posesivo de tercera persona del plural; y, chantli, hogar: “la casa de las serpientes”, en el actual municipio de Texcoco en el Estado de México.

Los antepasados de los habitantes de Coatlinchán escondieron la piedra antes de que los españoles la destruyeran. Con el paso de los años, las personas de dicho pueblo comenzaron a descubrir la figura y se convirtió en un sustento para el pueblo dado que era el atractivo principal para los visitantes. Se contaban muchas leyendas alrededor de la “piedra de los Tecomates”, muchas relacionadas con el fluir del agua en el pueblo. Se dice que era un lugar con mucha vegetación y que las personas pedían a la piedra buen tiempo para las cosechas.

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En 1964, el gobierno decidió trasladar la escultura para colocarlo como la joya de la corona del recién construido Museo de Antropología en Chapultepec. Los habitantes del pequeño pueblo de Texcoco intentaron impedir el robo de su “posesión más preciada”, con amenazas de que terribles cosas pasarían si se movía de lugar. Poco pudieron hacer.

Como si hubiera sido una profecía, cuando el monolito entraba a la Ciudad deMéxico cayó una tormenta de antología. Se rumora que desde entonces, la lluvia es constante en la CDMX mientras que en Coatlinchán, el clima no fue tan benévolo pues se perdió la riqueza natural de la que gozaron mientras Tláloc cuidaba de ese territorio.