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Charro Negro, el espectral caballero salido del inframundo. #AyNanita

¡Conoce la historia del Charro Negro, una de las leyendas más escalofriantes de nuestro país, y que hasta el día de hoy sigue aterrorizando a chicos y grandes!

En los pueblitos aroma viejo de nuestro país, donde aún la polvareda del camino empedrado y los boleros hacen las delicias de la noche cálida. Corre el rumor del galopar de un jinete errante, corcel y traje negro, cuyo rastro deja fuego. Dicen, proveniente del mismo infierno. ¿Sabes de quién hablamos? Así es, del Charro Negro.

El origen de ésta leyenda es incierto. Pero lo más probable es que haya surgido durante la época colonial. Asimismo, existen tantas formas de narrarla como personas y lugares en los que se cuenta. Pero todo indica que se trata de un mismo y espectral caballero del que todos hablan, y a quien todos le temen.

Emisario del diablo

Un hombre de gran estatura, magro de carne hasta los huesos, de figura más bien alargada y semblante cadavérico. Pero, eso sí, altivo y galante, ataviado de impecable traje de charro. Botoneado de plata a los costados y sombrero de ala ancha, bajo el que se oculta la figura. Dicen, de un ente maligno y fantasmal, de un emisario del diablo.

Hay quienes sostienen que se trata del mismísimo diablo en persona. Quien suele cabalgar su robusto caballo negro por las noches. Y hacer suyas las madrugadas hasta que el amanecer lo obliga a devolverse a las tinieblas.

La siniestra misión del Charro Negro es recolectar las almas de aquellos que no posean un corazón puro y libre de avaricia. Anda por los caminos y las terracerías. Saludando a cuanta persona de a pie cruzase sus andares, invitándoles a compartir montura y acercarles a su destino.

A los hombres, tras saludarles con su gallardía característica, les ofrecía una bolsa repleta de monedas. Pocos eran los que resistían la tentación de aceptar el despampanante obsequio.

 Eterna vagancia nocturna

A las mujeres, haciendo gala de su porte quijotesco, las seducía con palabras dulces y flores hasta que caían rendidas a sus encantos. Pero ¡Ay de aquél o aquella que montara aquél negro corcel! El Charro Negro se sumergía en la espesura de la noche. Dejando tras de sí un estruendo de cascos y polvo que no conocería el destino fatal de las pobres víctimas.

Sin embargo, condenado a una eternidad de vagancia nocturna por las callejuelas. Cuentan que no siempre anda en busca de víctimas a las que arrastrar al purgatorio. En ocasiones, un tanto apesadumbrado, gusta de saludar a los viajeros con quienes busca sostener una amena charla.

Pidiendo a cambio tan sólo un poco de compañía a trote lento. Pero contados son los casos de quienes tuvieron la suerte de encontrarse al Charro Negro y vivir para narrar ésta leyenda. ¿Te habrás topado alguna vez con él sin darte cuenta?

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